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FILOSOFÍA

Mural

Caminé por juramento, como cada jueves, suponiendo que los pies que llevaba son míos, o no, si ese andar corresponde, aunque a veces no, o sí, me encontraron las vías, el gritar intermitente de las campanas anunciando el rumbo, detenerse para que avance otro, o detener otro para que avance, el tren cayó las campanas, cierta incertidumbre de pisar, las vías, conducen, a dónde, no tuve valor, me alejé rumbo a la porteña, más letras, papel, nombres, ofertas, psicoanálisis, peronismo, Cortázar, Dolto y lo demás, el 65 me recuerda al 168, cada que uso el sube suponiendo que ya pagué para viajar, recuerdo el ómnibus de Cortázar y el salto de Clara y su compañero; mi cigarro aún no me consumía, no me saciaba, esperé otro, al final de cuentas sabía que llegaría a algún lugar, el suspenso, cómo. Subí el escalón y buscando, subí sólo. Que cómodo saber que cada quien tiene un rumbo definido, hasta da ilusión de un oráculo, de que ya la historia está escrita, y sí, la cuestión es para quién; tres cuadras más y casi 65 en el 65, de esas veces frecuentes que ves algo, pero no lo ves, piensas algo, pero tampoco, que faltan las palabras, veinte minutos quizás, o no sé, el tiempo ya no es marca, dejó de serlo, al menos los jueves al mediodía, así como estaba no puedo asegurar que encontré algo, las palabras me encontraron, ahora pude vivirlo, el muro me encontró, hasta ese momento supe del tiempo, sin usar los números, fue la poesía, siempre traviesa atraviesa, el muro, pintura, poetas y poesía, tiempo, palabras, “frente a su pueblo hambriento, el poeta no debe comerse las palabras”, eso decía, eso dijo, eso me dijo, el silencio, el mural, las palabras, y qué más.

Edgar Mauricio Sánchez