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FILOSOFÍA

El Zapatero

No grites, no es necesario gritar (J.M.S.)

Las palabras de un viejo zapatero hacen ruido, principalmente tratando de evitarlo, siempre caminan conmigo, y en muchas ocasiones dicen que no se diga tan fuerte. Una mirada, una escucha y un registro silencioso de los hechos, al menos de lo que en él se tatuaron, y no precisamente en la piel, quizás en el corazón, en la sangre, en las venas o hasta en su decir.

Todo comenzó el 2 de enero de 1946, cuando el joven Juan Manuel acompañado de su padre, rondaban por la plaza principal de la ciudad, el motivo, juntar voces, mostrar la imposición, el fraude, el robo, o cualquier otra cosa que pueda asumirse como poder sobre el pueblo, la gente; entre palabras, enojos, discusiones, alegatos, propuestas, etc., muchos ciudadanos se reunieron en ese lugar con la finalidad de asumir una voz como pueblo, decir algo de lo que pasaba, que aunque era claro para todos, desde el lugar del poder se trataba de disfrazar. El joven Juan Manuel es llevado de la mano de su padre, primero caminando y después corriendo, como si algo pretendiera entrar en ellos y a su vez ellos huir, y sí, huyeron de esos mensajes de acero que se mandaban desde presidencia municipal, y que uno de los propósitos sería conservar el lugar de poder, y de hacer.

No llegaron muy lejos, a un hueco en el piso, una apertura para sacar agua, pensada en primer momento para el uso de los bomberos para consumar cualquier fuego, lástima que este fuego no se consumó con agua, aunque para el joven Juan Manuel y su padre sí les permitió vivir, aunque sea un poco más, ya que Juan Manuel fue aventado por su padre hacia el fondo del hueco y después su padre impulsó su propio cuerpo con el mismo rumbo, sólo quedando su espalda a nivel del piso, como si fuera un mosaico más, un adorno, una decoración, pero por suerte o por astucia de Don Marcelino (padre de Juan Manuel), no fueron tocados por esos mensajes de acero, y que en este caso podríamos utilizar una palabra como sinónimo, “las balas”; sólo hasta que no escucharon ruido salieron de ahí, con llanto, angustia, lágrimas, miedo, rencor, susto o cualquier sentimiento que pueda surgir de una situación así. Caminaron rumbo a su casa, en el barrio del Coecillo, en la calle baños, no hubo palabras en el camino, ni después –al menos Juan Manuel nunca habló de eso- aunque sí quedó una marca, la del silencio, eso sí transmitió el viejo Juan Manuel, y sí, podría decir que después de esa fecha Juan Manuel pasó de joven a viejo en pocas horas, después de eso nada fue igual, un evento desafortunado para muchos.

La noticia, muchos cayeron en la plaza, muertos, heridos, marcados. Eso pasó con Don Marcelino, ese día fue un momento confuso, pues por una parte el pueblo se unía, hacía decir su presencia, pero por otra las vidas de quienes no murieron quedaron marcadas, por siempre en sus vidas y en los demás, sus hijos, sus nietos o hasta sus bisnietos, aunque Don Marcelino no fue afortunado por conocer a sus nietos –aunque quizás sus bisnietos seríamos afortunados de saber más de él- pues murió el 5 de enero del mismo año, la causa explicada fue la siguiente “se le derramó la bilis del susto”, quizás el colectivo médico podría decir que es imposible, y tal vez lo sea, pero para el viejo Juan Manuel –hijo de Don Marcelino- esa fue la razón de la muerte de su padre, ese que lo llevó a la plaza para decir lo turbio, lo engañoso, etc., ese susto de ser atravesado por mensajes de acero, o peor aún ver a su hijo atravesado por uno o varios de esos proyectiles mortales. Juan Manuel, un joven que cayó al hueco donde lo envió su padre para proteger su vida, y además calló dentro del hueco para no ser blanco fácil. Complicada situación para el joven-viejo Juan Manuel, pues en el momento donde se incorporaba a lo social, por un fin común, de la gente, de los trabajadores, de las familias, cuando habló después cayó y calló, para después ver a su padre caer.

Tenía sentido para Juan Manuel seguir hablando los derechos comunes con esta huella, al parecer no, al menos nunca pudo levantar la voz, ni siquiera en su familia, y no me refiero a gritar, sino decir su lugar como hijo, como adulto, como padre, como ciudadano, ya jamás pudo levantar la voz ante las injusticias, aunque los robos fueran hacia sus pertenencias, como cuando compró un automóvil grande, como para viajar hasta Acapulco –como él mismo decía-, cuando los mecánicos que pretendían arreglarle algún detalle, lo estafaban, le robaban, y él no respondía, prefería huir, quizás por temor, o hasta por amor a ese padre que le salvó.

El joven-viejo Juan Manuel vivió mucho tiempo, no me queda claro si disfrutó su vida, su familia, su existir o su trabajo, aunque según las anécdotas dicen que sí; después de lo antes mencionado él comenzó a trabajar en algo diferente, buscando algo de la tierra, buscando tesoros, quizás casualidad o causalidad, pero esperaba encontrar algo dentro de la tierra, de su tierra, nunca encontró monedas de oro, ni plata ni cofres, pero sí encontró gente, sus propios hijos e hijas, que siempre le miraron con respeto, con atención y transmitiendo literalmente sus palabras “no grites, no es necesario”, pero antes de continuar con su familia, les seguiré contando de sus trabajos. Luego de ser buscador de tesoros, decidió tomar un camino con recompensas más cercanas o con posibilidades de estar más próximas, trabajar en una fábrica de calzado, un lugar llamado morsa, cerca de la famosa arena Isabel, a unos cuantos metros del boulevard López Mateos y que cualquier leonés (al menos de mi generación) podría reconocerlo como “el eje”; en esa fábrica no trabajó mucho tiempo, pues en cuanto aprendió el oficio del calzado, encontró en otro lugar, la fábrica de calzado Dingo, el lugar del viejo, su casa, su estancia, su refugio, su empresa (aún sin serlo), en fin; ese lugar donde por más de 40 años asistía de lunes a viernes, durante más de 9 horas diarias, ese lugar donde puso suela a más de 10,000 zapatos, donde recibió más que sueldo semanal, donde a pesar de su jubilación asistía día a día con la finalidad de seguir trabajando, de seguir aportando algo en la creación de zapatos.

Recuerdo que por más de tres ocasiones, cuando quien les habla en este momento no ingresaba a la primaria, acompañaba a mi mamá, a un tío, para ver al viejo, y que sabíamos que ahí estaría, siempre y cuando llegáramos antes de las siete de la tarde; pues después de esa hora, ya no estaba más ahí, aunque como era un viejo de rutinas, sabíamos que estaría en casa de su mamá, o en la famosa cantina “el gato negro”.

Cuando llegábamos de sorpresa a “la Dingo” –como la llamábamos en casa- , el viejo salía para recibirnos en la calle, en pleno barrio San Miguel, una calle empedrada, que cuando llovía, los charcos se hacían presentes durante todo el recorrido, y que al caminar por ahí parecía un lugar de obstáculos, de brincos, de curvas, donde se ponía a prueba la visión, la genialidad que pusiera en cada salto; al llegar con el viejo, la primera impresión que nos mostraba era de alegría, una sonrisa se desplegaba de su rostro, nunca un saludo ni con la mano, solo era la risa y su mirada, que después de 2 minutos se esfumaba, como si recordara que estaba en horario de trabajo, y que en ese lugar sagrado –al menos para él-, no era permitido recibir familia (salvo excepciones) y mucho menos disfrutar la visita. Era impresionante cómo cambiaba su rostro, como esos ojos cambiaban su forma al recordar dicho mandato, y por supuesto que aunque no era necesario llevar uniforme, siempre llevaba una chamarra azul con mangas blancas, y que en su espalda soportaba el nombre Dingo.

El joven-viejo Juan Manuel mucho tiempo de su vida la pasó trabajando, muy poco disfrutando. Recuerdo en dos ocasiones donde acompañé a uno de mis primos mayores a la cantina por el abuelo, donde y bajo el efecto de alcohol reía un poco más, hablaba mucho en comparación con otros momentos, tenía otro semblante, hasta parecía que disfrutaba esos momentos, que ahí y bajo los efectos de dos cubas podía decir cosas, como si se esfumara esa frase que le indicaba el silencio, en una de las ocasiones estaba acompañado por dos mujeres, y que aunque parecía que la cantina no era el mejor lugar, él se sentía bien, se sentía acompañado, por esas dos mujeres que le llamaban Don Manuel, le daban ese lugar, como su padre; llegamos por él para llevarlo a su casa, y salimos, nos pidió lo lleváramos a la casa de una hija de él, y así lo hicimos, fue quizás para mí el momento donde lo pude ver más sonriente, más pleno, hasta más libre.

No podría decir que el joven, joven-viejo, Don Manuel o mi abuelo estaba satisfecho con su vida o que el 2 de enero de 1946 marcó su destino, su futuro, su pasado, pero de lo que sí estoy seguro es que mi bisabuelo no murió ahí, al menos para la ciudad de León, aunque no me refiero sólo a Don Marcelino, sino a Don Juan, Don Pedro, Don Matías, o cualquier persona que vivió el 2 de enero en León Guanajuato, pues y a pesar de que no son héroes, ni santos, ni tienen algún estatuto individual dentro de la historia de la ciudad, hicieron un colectivo, una voz común, no igual, sino unida por causas complementarias y como principal fundamento dar elementos para construir un lugar apto para vivir, motivo por el cual y a título personal, en la Ciudad de León Guanajuato independientemente del presidente municipal, de los buenos o malos manejos en las administraciones públicas, la gente sigue construyendo un hogar, el suyo y el de los otros.

Por último y a manera de reconocimiento, no creo que las muertes de las personas el dos de enero de mil novecientos cuarenta y seis fueran necesarias para dejar ese legado en la ciudad, pero lo que hicieron las personas reunidas antes de las palabras de acero, eso sí dejó una marca que trasciende a través del tiempo y las generaciones.

Estas palabras solo pretenden un homenaje a la memoria de los bisabuelos y abuelos de quienes nacimos y habitamos el León de los Aldama.

Por: Edgar Mauricio Sánchez

Octubre 2011